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Cuánto creen los que creen

Hace muchos años un hermano, quien cultivaba de todo, especialmente tomates, un día le fue bastante mal y de paso fue a la casa de otro hermano para hablar por unos minutos.  Comenzó a quejarse de que intentó vender los tomates, pero… qué nadie quería comprar.  Entonces el hermano intervino diciendo… «Tenga fe, hermano, tenga fe».  A esto, el desilusionado hermano contestó «aunque tenga “dos” fe, si no quiere no quiere…»  Es aquí, en la fe, donde la mayoría de los cristianos fallan.

Esta vez procuraremos entender cómo debe ser una iglesia verdaderamente bíblica.  Si no es bíblica, tampoco es cristiana.  Siga todo cuanto lea en adelante y podrá entender qué significa la verdadera fe.

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Eva, la primera mujer (II)

Lección de fe

En cada uno de estos pasos, en el proceso del dolor, Eva pudo experimentar algo superior a sus fuerzas, en cada dolor experimentó al Dios de amor y misericordia que estaba con ella y que también nosotros tenemos.

• Tras el primer dolor, de haber sido engañada, ella experimentó el perdón de Dios.  Se sintió también amada.

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Eva, la primera mujer

En el proceso del dolor
Génesis 3:1-6:

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”.

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Cuando nos preguntamos cuánto nos costará la salvación

Siempre insistimos que la salvación del pecador ya ha sido pagada, de modo que cuando nos preguntamos cuánto nos costará la salvación la respuesta correcta sería... NADA.  Pero no todo es así, porque ciertamente hay un “costo”.  Por ejemplo, el pecador, en primer lugar, debe detener el paso en su alocada carrera, y esto para algunos es muy costoso.  Debe también oír o leer la palabra de Dios, porque de lo contrario nunca sabrá acerca de la salvación.  Luego, lo que es muy difícil, el pecador debe humillarse de corazón, reconociéndose culpable y perdido delante de Dios.

Más adelante, debe despojarse de todo intento propio de salvación, como ser la religión, el sacrificio propio, las buenas obras, etc...  Debe reconocer que Dios no quiere ninguna “ayuda para la salvación”, porque, tal como un cadáver que debe volver a la vida, no puede ofrecer ni la menor ayuda, todo lo hace el Señor.

¿Recuerda al Señor frente a la tumba de Lázaro, allá en Juan 11?  El cuerpo de este caballero estaba en la tumba ya por cuatro días, tanto que Marta, su hermana, había dicho que se había comenzado a descomponer. Pero cuando el Señor le ordenó que saliera, cuando el Señor intervino, ese cuerpo muerto inmediatamente entró en vida y comenzó a caminar, dejando esa tumba fría vacía.

De la misma manera el pecador, es, espiritualmente un cadáver.  También se encuentra tendido en su propia tumba, que pudiera ser la tumba de la indiferencia, la tumba de sus vicios, la tumba de la religión, la tumba de su tradición familiar, la tumba de su cultura o profesión, etc...  Todo esto hay que dejar a un lado por un momento y colocar en primer lugar la invitación del Salvador.

Usted dirá... bueno, pero un cadáver no puede oír la voz, aunque se trate de la voz de Dios.  Así es, pero bien sabe usted que los que ya fueron resucitados sí, la oyeron.  Y en el caso del pecador, muerto espiritualmente, en la tumba de su propio cuerpo, más de una vez habrá oído las palabras... «Alberto, ven fuera; Mariano, ven fuera; Santiago, ven fuera».  Pero no, nada, ese Alberto, Mariano y Santiago, continúan inmóviles, en el sepulcro de una completa indiferencia en un cuerpo que, más tarde o temprano también morirá.  ¿Acaso cuando una persona oye el Evangelio no es el mandato del Señor, diciéndole... ven fuera?  Por supuesto que sí.  Jesús fue claro cuando dijo: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt. 10:40).

Muchas veces siendo ya cristianos, también tenemos ciertas cuotas que abonar, si queremos una vida de victoria.  De nuevo, la soberbia, la codicia, los celos (especialmente de que alguien tenga más que uno, sea más capaz u ocupe un puesto más alto y perciba un mejor salario...).  La lucha no termina. El costo sí, existe.  No para ser salvo, sino que la misma vida nueva que tenemos en Cristo, nos exige una conducta más allá de lo que estaríamos dispuesto a rendir.  Para muchos cristianos, el persistir, es decir, la constancia, la permanencia en su puesto de “centinela”, es algo que no puede aceptar.  Muchos cristianos tienen muy buenos planes, buenos deseos, pero nunca logran nada, porque comienzan y luego abandonan.  ¡No quieren pagar la cuota que nunca llega a “0”!

Bien dice Job: “¿No es acaso brega la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los días del jornalero?” (Job 7:1).  Dicho en otras palabras, la vida del hombre, especialmente la del cristiano, es una lucha diaria, sin tregua.  Si no fuera así, volveríamos a ser tan mundanos como el peor de ellos.  El dolor, el sufrimiento, el tener que estar en guardia, siempre alerta, es muy saludable para disfrutar de salud emocional y espiritual.  Entonces... ¿Cuánto le cuesta la Salvación?  Nada, pero el andar en la nueva vida, sí, le cuesta bastante dolor, lágrimas, sumisión y dependencia del Señor.

Si todavía no recibió a Jesucristo como su Salvador, usted está completamente desprotegido, no me cree, pero eso es.  Hable con el mismo Salvador diciéndole que desea ser Salvo, y Él le mostrará cómo el pecador, como usted, puede salvarse.

Ni sus buenas obras, ni su religión, ni nada de lo que haga, le salvará jamás, porque el Señor Jesucristo es quien lo amó a usted y desea salvarle.

El peligro de posponer, no es únicamente la seria posibilidad de caer en algún laberinto de herejías, sino que su corazón puede endurecerse a tal punto, que nadie podrá convencerlo de su necesidad.

Tanto el cielo como el infierno son lugares reales.  Si alguien le dijo lo contrario, lo ha engañado.  Si usted muere sin haberse reconciliado con Dios, no tendrá ya oportunidad para ser salvo.

No importa cuán brutalmente pecador sea usted, ¡el Señor le perdonará todos sus pecados y le recibirá como su hijo! 

Él dice: “...y al que a mí viene, no le echo fuera” (Jn. 6:37b).

¡Anímese y reciba por la fe el maravilloso don de la salvación que el Señor le ofrece en este mismo momento!

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¿Cuánto cuesta ser bíblico?

Buena pregunta para estos días cuando pareciera que casi nadie ya quiere ser uno de esos “cristianos bíblicos”, mucho menos si a esto le agregamos “fundamental”.  Pero... aunque parezca como que los bíblicos se están extinguiendo, es decir, que estamos en peligro de extinción (tal como se suele hablar de ciertos animales y plantas entre los protectores de los recursos supuestamente en peligro de desaparecer), no es esto lo que ocurre con los Bíblicos Fundamentales.  Más bien, pisamos terreno firme y las iglesias que tienen visión misionera, especialmente si el Pastor es un hombre convencido de la sana doctrina bíblica, verdaderamente consagrado a la causa del Señor, y que desde el púlpito proclama la inalterable doctrina bíblica, tienen todas las posibilidades de crecer.  No siempre el crecimiento será numérico, pero sí será un crecimiento en profundidad, donde pocos hermanos, pocas familias, están ahondando sus raíces en los principios bíblicos, porque un día, seguramente no muy lejano, estos hermanos serán usados por el Señor para alentar a otros muchos, cuando el sólo hecho de mencionar el nombre de Dios sea ilegal y penado con multas y luego incluso encarcelamiento.  Pero... ¿Cuánto realmente cuesta este... producto?  Aquí va su costo:

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¿De dónde sacamos la cuestión resurrección?

¿Qué sería de nuestro mundo si todas las personas creyeran que Cristo resucitó, que él ascendió al cielo y que él volverá?  Creemos, a veces hasta estamos... convencidos que sí, que todos creen en estas doctrinas tan claras en la Biblia.

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“Su salvación es su propia Responsabilidad”

Al volver nuevamente nuestros pensamientos al Calvario y cuanto allí ocurrió, es oportuno recordar, una vez más, que “SU SALVACIÓN ES SU PROPIA RESPONSABILIDAD”.  Ni el Pastor de su iglesia, ni sus padres, ni “doña circunstancia” son responsables de lo que usted haga con Cristo y por ende con su propia salvación.

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¿Cómo debemos orar?

Tal vez esta pregunta parezca redundante, sin embargo, con mucha frecuencia el cristiano confunde y no sabe cómo orar por ciertas situaciones.  Por ejemplo: ¿Cómo orar por algún hermano o hermana enfermos?  ¿Debemos pedir que Dios se encargue de sanar al hermano?  ¿Orar por los médicos, la medicina, por el mismo enfermo, sus familiares, etc.?  Debemos considerar algunos asuntos si queremos orar sabiamente:

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¿Y qué en cuanto a la Biblia? (IV)

4. SU PRESERVACIÓN:
• Creemos en la eternidad de la Palabra de Dios.  Dios la ha preservado por cientos de años, evitando su destrucción, y así mismo la preservará eternamente.  La autoridad, los consejos, las enseñanzas y mandamientos de la Biblia han sido conservados intactos en el tiempo: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 P. 1:23). “Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6:68). “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Ap. 14:6).
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mr. 13:31).

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¿Y qué en cuanto a la Biblia? (III)

Sigamos con algunas comparaciones de la biblia

• Es como el espejo que refleja cómo somos: “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural” (Stg. 1:23).

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