Menu

Shala: La niña que nadie quería

  • Fecha de publicación: Jueves, 14 Mayo 2020, 12:41 horas

Esta historia de Shala es un testimonio verdadero registrado por la señora Allegra McBirnne, una misionera que escribió docenas de libros tanto para adultos como para niños. Su ministerio abarcó Estados Unidos, Europa y Asia. Y por muchos años también escribió para un ministerio radial.

El 10 de mayo de 2020, Día de la Madre en Estados Unidos, la hermana McBirnne fue a reunirse con su Salvador y Señor

Su padre no la quería.

Su madre no la quería.

Sus familiares no la querían.

“Nadie la quería”, dijo el extraño que la llevó a la puerta de un orfanato cristiano en la India, una noche, tarde, hace ya muchos años.

“La encontré vagando en las calles” -dijo.  “Parecía no tener idea de a dónde ir, así que la traje aquí.  Me enteré de que ustedes cuidan de personas como esta niña y pensé que tal vez podían hacerse cargo de ella. No sé quién lo haría si ustedes no lo hacen”.

Sin darle apenas la oportunidad de contestar a las dos mujeres que acudieron a la puerta, el extraño dejó la niña y se alejó a toda prisa.

Y las dos mujeres (la señorita Johannes y la señorita King) quienes eran madres sustitutas en esta casa colmada de niñas huérfanas, se quedaron con otra criatura muy pequeña y delgada, vestida con harapos.

Pronto se dieron cuenta que había sido un pequeño milagro que hubiera estado vagando en las calles sin siquiera tener una idea de a dónde iba porque era ciega.

En esos días, el ser una niña en India era más que suficiente, sin tener también que ser ciega. La religión India enseñaba que las niñas tenían muy poco valor. De hecho, muchas de ellas, eran abandonadas como infantes por las carreteras o en los basureros para que murieran.

El ser ciega, además de niña, hacía que la criatura no tuviera valor alguno.  Casi nadie allí quería gastar el poco dinero que tenía para comprar comida y ropa para una criatura así, a quien consideraban que no servía para nada.

Pero la señorita Johannes y la señorita King (quienes amaban a Jesús profundamente) miraron a ese pequeño miembro de su gran familia con el amor del Salvador. Y tan pronto como el extraño que se la había traído partió, la tomaron de la mano y la condujeron a la cocina del orfelinato.  Allí le dieron algo de leche y pan fresco.

Estaba asustada como un conejito, tan tímida que no se atrevía a comer.  Pero el apetito desenfrenado pronto demostró ser mayor que su timidez, ¡y la leche y el pan desaparecieron muy pronto!

“¿Cuál es tu nombre?” -le preguntaron las damas.

Ella vacilaba en responder.

Y le preguntaron nuevamente.

“Shala” -respondió finalmente, en una vocecita muy baja. 

“¿Y cuántos años tienes?”

“Creo que tengo ocho años” -replicó.

Tomaron a la pequeña Shala una vez más por la mano y la condujeron a una habitación que tenía muchas camas pequeñas. En cada cama, a excepción de una, había una niña profundamente dormida.

“La más cercana a la puerta está vacía”,  le susurraron. “Será tu cama”.

Ellas le colocaron sus manos sobre la funda de la almohada, para que pudiera palparla.  Una expresión de asombro se plasmó en todo su pequeño rostro.  Y las damas pudieron adivinar que muy probablemente el único lugar para dormir que Shala había conocido antes había sido una pila de harapos en un piso sucio.

Después de un baño tibio (lo cual era algo nuevo y extraño a la recién llegada) recibió ropa limpia para la noche y, asimismo, para el día siguiente.  Y así se inició su vida con la nueva  “familia” a la cual la había llevado el Señor Jesús.

Y poco a poco, día por día, comenzó a oír mencionar su nombre y empezó a aprender acerca de Jesús.

Pero todo era tan nuevo.  Y tenía miedo de hacer preguntas que le ayudaran a comprender más acerca de Él.

Más no sólo tenía temor de hacer preguntas, sino, que en realidad tenía miedo de casi todo.  Algunas veces su corazón palpitaba temeroso, debido a cosas que le habrían parecido insignificantes a otros.

¡Y estaba tan sola... oh, sí, tan sola!  La ceguera era la causa.  La mantenía encerrada en su pequeño propio mundo de oscuridad donde se sentía sola.  Incluso cuando había otros niños alrededor, de alguna forma se sentía solitaria, debido a esa ceguera.

A menudo se escabullía a un rincón del jardín, y allí, debido a esa soledad, lloraba hasta que se le agotaban las lágrimas.

Ocasionalmente la señorita Johannes o la señorita King la encontraban allí y trataban de consolarla.  Pero a pesar de que eran muy amables, no podían en realidad comprenderla, porque bueno, nunca habían estado ciegas... y tampoco habían sido no deseadas.

Pero Shala era ambas.

“Oh, cómo desearía poder ayudarla” -se decían las dos damas la una a la otra en privado.  “Tiene muchos temores y nunca he visto una sonrisa en su pequeño rostro...”

Nadie había visto una sonrisa en esa carita.

La señorita Johannes y la señorita King habían trabajado con cientos de niñas pequeñas con problemas, a lo largo de los muchos años de servir en el orfelinato, pero nunca con una tan triste y tan asustada como la pequeña Shala.

“¿Cómo podremos acercanos a ella?” -inquiría la señorita Johannes.

“Me pregunto” -dijo la señorita King- “si alguna vez lo haremos... Sólo podemos dejárselo al Señor para que Él haga algo…  para mostrarle su amor y su gozo”.

Y, ¿sabe una cosa?, durante todo el tiempo el Señor estuvo  haciendo algo... algo muy especial...

Realmente, no era sorpresa que Shala nunca sonriera.  Había sido herida tan profundamente durante esos ocho años, nadie la quería, ni su padre, ni su madre, ni sus familiares.  La religión de ellos les había enseñado (entre muchas otras cosas equivocadas y malas) que las niñas pequeñas no servían para nada; y que ser ciega, tal como Shala, las hacía prácticamente sin valor alguno.  Les había oído decir: “Ni siquiera vale la comida que se necesita para mantenerla viva”.

Pero el Señor amaba a Shala profundamente, y sin duda fue su plan que el extraño se encontrara con ella y sintiera pena aquella tarde al verla vagar sola en las calles de la ciudad.  Su familia le había dicho que se fuera de casa y que no regresara, que se las arreglara sola, mendigando o por cualquier medio que pudiera encontrar.  Y mientras vagaba llorando, el extraño la encontró y en bondad la llevó al orfelinato donde la señorita Johannes y la señorita King amorosamente la añadieron a su ya gran familia de niñas.

El amor que le mostraron a Shala, desde esa primera tarde, fue el amor del propio Señor Jesús, brillando a través de sus vidas.  Pero a pesar de la bondad y tierno cuidado de ellas, Shala, quien había sido herida tan profundamente en los años pasados, estaba constantemente temerosa y huía al jardín a esconderse.  Y allí lloraba hasta que alguien la encontraba y la llevaba de regreso.

Y el Señor estaba haciendo algo.  Estaba obrando en una forma muy especial en el corazón de otra niñita en el orfanato, una pequeña de 10 años, cuyo nombre traducido al español significa “Perla Preciosa”.

Un día cuando Shala había corrido al jardín para estar sola, y para llorar, de pronto escuchó que alguien se acercaba y una vocecita que le decía suavemente, “Shala, yo entiendo”.

Shala quedó desconcertada y rápidamente trató de secar sus lágrimas con el dorso de la mano.

“Mi nombre es Perla Preciosa”, continuó la vocecita, “y comprendo tus lágrimas muy bien porque yo también he derramado muchas”.

“¿También eres ciega?”, preguntó Shala con timidez.

“No”, replicó Perla Preciosa, “pero soy coja. Tengo mi pierna izquierda tullida de nacimiento.  Nadie me quería, ni mi padre, ni mi madre, tampoco ninguno de mis familiares.  Ellos dijeron que el hecho de que fuera una niña ya era lo suficientemente malo, pero que también fuese coja, hacía que ni siquiera valiera la pena que gastaran el pedazo de pan con que me alimentaban.  Por años me pusieron en la calle para que mendigara y si no llevaba suficiente dinero al final del día, se enojaban mucho y no me daban comida.  Así, yo mendigaba bien duro al día siguiente y con lágrimas porque tenía hambre.

“Y luego, un día, mi familia oyó hablar de este hogar para niñas pequeñas, y me dejaron aquí, y nunca los he vuelto a ver desde entonces.  Oh Shala, ha sido tan duro... comprendo tus lágrimas”.

Perla Preciosa condujo a Shala hasta una banca cercana en el jardín, y las dos niñitas se sentaron.  Perla Preciosa recostó sus pequeñas muletas contra un árbol cercano a la banca.

“Pensé que nadie podía comprenderme”, dijo Shala... “Me refiero a sentirme tan sola sin que nadie me quiera”. 

“¡Oh, Alguien más te comprende también!”, añadió Perla Preciosa, “Quiero decir, además de mí. Y es el Señor Jesús”. 

“Realmente no sé quién es el Señor Jesús”, replicó Shala.  “Escuché a ellas hablar de Él aquí, y me gustaría conocerlo; ¡pero todo es tan nuevo para mí!  Y tengo demasiado miedo para hacer preguntas”.

“No tienes por qué tener miedo de preguntarme”, dijo Perla Preciosa.  “¡Yo conozco a Jesús!’.

“Él es Dios, Dios Hijo, y descendió del cielo hace mucho tiempo, nació como un bebé.  Luego creció y fue un Maestro grande y bueno”.

“Pero no vino a nuestro mundo simplemente para ser un Maestro grande y bueno.  Vino para morir por nosotros, para pagar por todas las cosas malas que hacemos.  Esas cosas malas se llaman pecados, Shala.  Murió en una cruz y derramó su sangre para pagar por todas esas cosas malas”.

Shala lucía pensativa. “Tengo miedo, no sé lo que es una cruz”, agregó, “porque no puedo ver una”.

Perla Preciosa pensó por un momento, y luego tomó dos palitos del suelo y los puso juntos en la forma de una cruz e hizo que Shala pusiera sus dedos sobre ellos.

“Esta es una crucecita”, explicó e hizo que el dedo de Shala tocara uno de los palitos, y luego el otro, agregando:  “Pero Jesús murió en una grande.  Ellos clavaron una de sus manos aquí”, e hizo que el dedo de Shala tocara uno de los palitos “y sus pies aquí.  Después pararon la cruz verticalmente colocándola en un hoyo que habían cavado en el suelo, y Jesús tuvo que quedar colgado en ella y sufrir mucho para pagar completamente por todos nuestros pecados. Luego murió”.

“¿Incluso por mí?”, preguntó Shala.

“Oh, sí”, replicó Perla Preciosa. “Y por mí también. Pero... ¿sabes una cosa? ¡Qué no se quedó muerto! ¿No te parece maravilloso? ¡Resucitó nuevamente tres días después! ¡Porque es Dios, pudo levantarse de entre los muertos! ¡Eso demostró que es Dios!

“Luego regresó al cielo, el cual está tan alto que ni siquiera las personas que no son ciegas pueden verlo!  Y allí se encuentra ahora”.

“Sin duda sabes mucho acerca de Jesús”, dijo Shala.

“¡Es porque es mi Jesús!”, replicó Perla Preciosa. “Está viviendo en mi corazón!”.

“Pero, pensé que habías dicho que vive en el cielo”, contestó Shala.

“Bueno, si está... pero como quería que fuera mi Jesús, le pedí que perdonara mis pecados y viniera a vivir en mi corazón. ¡Y Él lo hizo!  ¿Sabes? Es Dios, por lo tanto puede estar fácilmente en dos lugares al mismo tiempo...”

“¿Podría estar en tres lugares al mismo tiempo?”, preguntó Shala tímidamente. “Quiero decir, ¿podría vivir también en mi corazón?”.

“Oh, sí”, respondió Perla Preciosa. “Él también murió por ti, Shala.  Y te ama mucho, desea también ser tu Jesús. Quiere vivir en tu corazón, de la misma forma como vive en el mío”.

“Pero, ¿cómo puedo dejarle saber que quiero que venga?”, inquirió Shala.

“Sólo tienes que decírselo”, dijo Perla Preciosa.

“¡Pero cómo! Nunca podrá escucharme desde allá tan alto en el cielo!”, replicó Shala.

“Recuerda, es Dios”, dijo Perla Preciosa. “Y puede escuchar a cualquiera, desde cualquier lugar de donde le hablen”.

Así, Shala le habló a Jesús, aunque nunca lo había hecho antes.  “Jesús”, dijo, vacilante.  “Todavía no entiendo muy bien acerca  de ti, pero mi nueva amiga aquí, me dijo que eres Dios y que eres real.  Que me amaste como nunca nadie más lo hizo antes... que incluso moriste por mí, dejándote clavar en el madero, para así pagar por todas las cosas malas que haya dicho o hecho.  Nadie hizo jamás eso por mí, ni tampoco lo hará...’

“Pero Jesús”... continuó diciendo Shala, “sin duda estoy contenta porque no permaneciste muerto, de otra manera no podría estar hablándote. Y quiero pedirte ahora mismo que seas mí Jesús.  Perla Preciosa dijo que podía pedírtelo, eso es todo, y que tú lo harías’.

“De tal manera Jesús, si puedes estar en tres lugares a un mismo tiempo, y me dijeron que sí podías, ¿podrías por favor venir también a vivir en mi corazón?  Me gustaría tanto ser tu niña...”

Bueno, esa fue la oración de Shala, en sus propias palabras.  ¿Y vino Jesús a su corazón y a su vida? ¡Ciertamente lo hizo! Tal como lo prometió en su Palabra a todo el que cree y desea estar con Él.

¡Y el cambio que el Salvador hace en esos que confían en Él, comenzó a manifestarse de inmediato en la vida de Shala! ¡Jesús era tan real para ella! ¡Y le amaba!  Podía experimentar su amor... y nunca se había sentido amada antes en su vida.

Por primera vez la señorita Johannes y la señorita King vieron una sonrisa en su carita. ¡Y Perla Preciosa pronto compartió con ellas la razón de ello!

¡Cuán maravillosamente Dios había usado a Perla Preciosa!,  quien sabía lo que eran las lágrimas y la soledad, para alcanzar para el Señor a la pequeña niña ciega que nadie había querido...

Y Dios iba a usar a Perla Preciosa, aún en otra forma especial... una vez más para su alabanza y gloria.

¡Ahora que tenía al Señor Jesús, Shala experimentaba un gozo tal en su corazón que nunca había sentido antes!  Es cierto, todavía estaba ciega; y aún era tímida; pero Jesús, en su corazón y vida, le hizo saber que todo estaría bien... y no sólo bien por el momento, ¡sino bien para siempre! ¡Él había hecho toda la diferencia en el mundo de Shala!

Ahora cuando escuchaba a la señorita Johannes y a la señorita King enseñar de la Biblia, ¡el Señor en su corazón le ayudaba a comprender su Palabra como nunca antes!

También le dijo en su Palabra, que cuidaría de ella continuamente y que nunca le dejaría, ni la abandonaría. ¡Y eso puso una sonrisa en su rostro, la cual nunca había estado allí antes!

Pero aunque la señorita Johannes, la señorita King, Perla Preciosa y todos los demás, vieron la maravillosa diferencia que Jesús había hecho en su vida, todavía sentían un profundo pesar por la pequeña Shala, porque su ceguera le impedía hacer muchas de las cosas que hacían las otras niñas.

Perla Preciosa sentía mucho más pena por ella, porque comprendía mejor a Shala.  Perla Preciosa tenía también una incapacidad verdadera, era inválida; pero al menos podía jugar con las otras niñas; no en juegos de correr, sino en juegos tranquilos.  Y podía hacer dibujos, leer y coser.

Pero Shala no podía hacer ninguna de estas cosas.

Perla Preciosa pensaba y pensaba acerca de qué podría hacer por su nueva amiguita. ¡Y pronto el Señor puso una idea maravillosa en su corazón!

¡Le daría su muñeca a Shala!  Sería la única cosa con la que Shala podría jugar mientras las otras niñas estaban jugando con cosas que requerían la visión.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

Cuando nadie estaba observando, Perla Preciosa fue a la habitación con donde estaban todas las camitas y se acercó a la cama de Shala, esa que estaba más cerca de la puerta, cuidadosamente arropó la muñeca bajo la sábana, con su cabecita con rizos sobre la almohada.  Luego salió de la habitación, sin que nadie viera lo que había hecho, excepto el Señor.

Y esa tarde cuando Shala fue a la cama y descubrió la muñeca, ¡no tenía idea de que era para ella!  Le preguntó a la niña que estaba en la cama próxima a la suya si le pertenecía, o si la había puesto allí por error.

Pero no pudo encontrar a nadie que hubiera perdido una muñeca.  Finalmente le preguntó a la señorita Johannes de quién podría ser.

“No sé”, respondió, “Pero Shala, ¡de alguna forma siento que el Señor ha arreglado todo esto porque quiere que la tengas! Realmente siento que es un pequeño presente de Él para ti...”

Shala estaba asombrada. “Pero... es que Él hace cosas así?”, preguntó.

“Sí, querida”, replicó la señorita Johannes.  “Él incluso hace cosas así”.

“¡Nunca había tenido una muñeca antes!”, dijo Shala emocionada, y volvió a preguntar. “¡Y puedo saber que es muy hermosa!  Tiene el cabello suave y un vestido bonito y terso... ¿Realmente me la habrá dado el Señor?”.

“Sí, Shala”, replicó la señorita Johannes. “Estoy segura que te la ha dado”.  Shala con cuidado y amor tomó la muñeca, la abrazó y salió deprisa.  Fue solo después de salir que la señorita Johannes recordó súbitamente haber visto antes la muñeca. Sí, se la habían dado a Perla Preciosa no hacía mucho, y había sido su posesión más preciosa. Pero, Shala, claro está, nunca había visto a Perla Preciosa jugando con ella, así que no se dio cuenta que el Señor la había usado para dársela.

Sí, la muñeca verdaderamente había sido un regalo del Señor. Él simplemente había usado a una pequeña sierva suya para llevarla al camino de Shala...

Bueno, después de hablar con la señorita Johannes, ¡Shalla casi no podía esperar para contarle a Perla Preciosa acerca de su maravillosa sorpresa!  La encontró en el jardín, en donde Perla Preciosa había ido a leer.

“¡Mira!”, exclamó Shala con emoción. “¡Mira lo que me dio el Señor! ¡una hermosa muñeca! La señorita Johannes no sabe exactamente cómo me la dio, pero dijo que está convencida que es en realidad verdaderamente mía! ¡Y, Perla Preciosa nunca, nunca había tenido antes una muñeca, y estoy tan emocionada!”.

Perla Preciosa sonrió, una suave sonrisa que Shala no podía ver, pero que Dios sí veía; y ella estaba tan feliz en su corazón como nunca lo había estado antes en toda su vida, exceptuando, claro está, el momento en que había recibido al Señor Jesús como su Salvador. 

Es cierto que también esta había sido la única muñeca que había tenido en su vida, pero cuán feliz se sentía porque el Señor le había sugerido en su corazón que se la diera a Shala... Realmente, Él se la había dado a ella.

¡A partir de ese día, casi a todas partes donde Shala iba, la muñeca con el cabello suave y el vestido terso también iba!  Amorosamente, la llevaba cargada en sus brazos, le hablaba, la arropaba en la cama con ella en la noche.

“Muñequita”, le decía tiernamente, “Sé que sólo eres una amiga de mentiras, que no eres real, pero quiero que sepas cuán especial eres para mí, porque nunca había tenido una muñeca antes. ¡Y lo hago, cuidándote y sabiendo que eres mía!

“¡Y la cosa más especial sobre ti, es que de alguna forma el Señor Jesús te dio para mí! Ves, realmente es Él quien es especial para mí. Incluso hasta murió por mí, ¿no te parece una gran cosa?, y ahora está viviendo en mi corazón y me cuida, y hasta va a llevarme al cielo un día... pero, claro está, las muñecas no saben nada de esto...

“Muñequita, Jesús incluso me ama aunque sea ciega.  Me quiere aunque nadie más en este mundo me haya querido jamás.

“Me dio este hogar encantador aquí, y no tengo que estar más sin comida.  Me dio a Perla Preciosa para que fuera mi amiga. Y me dio a ti.

“¡No es maravilloso!  Sólo desearía poder hablarle a cada persona en el mundo sobre Él, muñequita, tal como te estoy diciendo a ti...”

Ya casi era Navidad, una celebración que todas las niñitas del orfelinato no habían conocido antes hasta que vinieron a vivir allí. Solo habían sabido de religiones falsas y dioses falsos, y nunca habían incluso oído hablar del señor Jesucristo, cuyo nacimiento es lo que se celebra en Navidad.

“Es el tiempo cuando celebramos al Dios real, al Señor Jesús viniendo a la tierra”, les había dicho la señorita Johannes. “A pesar de ser Dios vino como un pequeño bebé, para poder crecer y luego dar su vida como pago por nuestros pecados”.

“Debe ser un tiempo de gran agradecimiento”, añadió la señorita King, “de reconocimiento porque Dios nos amó tanto que envió a su propio Hijo amado para que muriera por nosotros y así pudiéramos ir al cielo”.

La Navidad para las niñas en el orfanato no era celebrado intercambiándose regalos, sino más bien entregándoselos al Salvador. Y cada regalo debía ser algo de sacrificio, algo especial que le demostrara al Señor cuánto le amaban.

Era un tiempo de seria consideración para todos los cristianos en el área, no solo para esos en el orfelinato, sino para quienes vivían en la villa cercana.  Todos ellos, las niñas del orfelinato, al igual que estos otros cristianos, atendían la misma iglesia pequeña en la villa; y con semanas de anticipación había mucha oración y planes sobre los regalos de amor que cada una de ellos iba a darle al Salvador.

Shala pensaba en todo lo que el Señor Jesús había hecho por ella: amarla, morir por ella, salvarla, cuidarla... ¿Qué podría darle a cambio al Señor que le demostrara cuán agradecida estaba y cuánto le amaba?

De hecho, solo tenía una cosa para darle y ni siquiera eso sería suficiente para decirle cuánto le amaba.  Pero se lo daría con gozo...

Así llegó el día de la celebración de Navidad en la pequeña iglesia, Shala tomó su muñeca con ella.

Era un día hermoso y la iglesia estaba decorada con muchas, muchas flores. Shala no podía disfrutar los colores, pero, ¡oh, cómo disfrutaba su fragancia!

¡Y hubo cantos: muchos, muchos cantos de alabanza al Señor! Cuán emocionante fue para Shala escuchar a tantos cristianos unidos para adorar al Señor Jesús. Recordaba el año anterior cuando vino al orfelinato, viviendo en un hogar en donde nunca escuchó su nombre y en donde se adoraban dioses falsos y se celebraban festividades paganas.

Sí, pensaba, ha sido el propio plan de Dios que fuera ciega, porque de otra forma nunca la habrían llevado al orfanato y nunca habría conocido a Jesús.

Bueno, la reunión continuó. Y después del canto y la lectura de la historia de Navidad de la Palabra de Dios, llegó el momento para entregarle los regalos de amor a Jesús. Uno por uno, esos que deseaban dar algo se acercaban al frente de la iglesia y lo depositaban allí... como si lo estuvieran colocando a los pies del propio Salvador.  Cada regalo era usado para Su gloria.  Se lo darían a los pobres, junto con un mensaje del Evangelio; o se vendería y se usaría el dinero para comprar porciones de la Palabra de Dios para dársela a esos que nunca habían leído antes la Escritura.

La primera persona en llegar adelante fue una mujer anciana que era muy pobre, pero quien llevó algunas monedas para el Señor Jesús las cuales había ahorrado privándose de muchas comidas a lo largo del año.

Otra mujer, que era también muy pobre, llevó tres gallinas en un cajón y un granjero llegó al frente con una gran bolsa con arroz.  Era una porción muy generosa de la cosecha que había cultivado para su familia.

Otro labriego se acercó al frente conduciendo una cabra, la mejor de las pocas que poseía.

Una jovencita tomó un vestido bordado hasta el frente y se lo dio a Jesús.  Había trabajado muchas horas cosiéndolo y bordándolo ella misma.

Un niñito llevó una bolsa pequeña con caramelos. ¡Esperaba que a Jesús le gustarían!

Perla Preciosa tomó de la mano a Shala, quien se puso de pie con su muñeca.  Era el momento más importante en su vida, excepto por la ocasión en que recibió al Señor Jesús en su corazón y vida.

Perla Preciosa la condujo hasta el frente, y le mostró en dónde debía dejar su regalo.  Y ella cuidadosamente depositó su muñeca.  “Muñequita”, susurró, “tú eres el regalo más especial que puedo dar y quiero que Jesús te tenga. Él tiene un uso muy especial para ti también, estoy segura, y eso me hace muy feliz... a pesar de que voy a echarte mucho de menos”.

Shala dio la vuelta y las dos niñas comenzaron a caminar hacia la parte trasera de la iglesia. Nunca había aparecido una sonrisa más dulce en el rostro de Shala que en ese momento, cuando experimentó el privilegio maravilloso de darle lo mejor que tenía a aquel que había dado lo mejor que tenía por ella.

“Le he dicho a Jesús muchas veces cuánto le amo”, le dijo más tarde a Perla Preciosa, mientras caminaban juntas de regreso al orfelinato... “Pero tal vez lo expresé mejor al darle mi muñeca”.

Los meses transcurrieron rápidamente después de la celebración de Navidad. Shala ya no tenía su muñeca para jugar, ¡pero de qué forma más maravillosa Dios llenó ese lugar vacío en su vida con Él mismo y con Su gozo!  Ella sentía más y más amor que nunca por Él, y asimismo sentía bien profundo cuánto le amaba Él.

También el Señor puso unas nuevas amigas muy especiales en su vida, otras niñitas que amaban a Jesús, incluyendo algunas que estaban solas, tal como ella había estado sola y sin nadie quien la quisiera. Y cómo comprendía ella sus lágrimas y todo por lo que estaban pasando.

Una nueva amiga de Shala, que no era ciega como ella, le leía historias de la Biblia y le enseñaba la Palabra de Dios.  Cuánto le encantaba escuchar acerca de las cosas maravillosas que había hecho Dios: sobre Noé y su familia siendo salvada del diluvio; de Dios abriendo un camino en seco a través del mar Rojo para que su pueblo pudiera atravesarlo y escapar de sus enemigos; de Jesús preservando a salvo a sus asustados discípulos mientras viajaban en una barca por un mar tormentoso.

“¡Sólo piensen en esto!”, le dijo a sus amigas. “Todo lo que Jesús hizo fue decirle a la tormenta ‘Calla, enmudece’ y el viento y el mar hicieron exactamente lo que Él dijo!’”.

Shala pensaba a menudo en esas ocasiones en que había estado tan asustada como esos discípulos y corría al jardín del orfelinato a llorar. Pero ahora que conocía a Jesús, le decía en su corazón algo muy parecido a lo que dijo en esa barca! También le decía, “Calla, enmudece”. Y sus terribles temores se iban - exactamente como hizo la tormenta cuando Jesús habló...

A Shala le gustaban todas las historias de la Biblia, porque eran verdaderas y cada una de ellas le ayudaba a conocer mejor al Señor Jesús.

Pero una de sus historias favoritas era la de la dama que en una ocasión se acercó al Señor Jesús con un hermoso frasco de perfume que valía mucho dinero. ¡De hecho, su valor era tal, que era igual a lo que un hombre en esos días podía ganar en un año entero!

Pero esta señora estaba tan agradecida con el Señor Jesús por salvarla y porhaberse convertido en su Jesús, que le dio ese perfume tan costoso como regalo, derramándolo sobre sus pies para mostrarle cuánto significaba para ella.

Cómo deseaba Shala tener un perfume caro para dárselo a Jesús - para mostrarle también cuánto significaba para ella... La Navidad llegaría muy pronto nuevamente, ¡y cómo anhelaba tener algo, muy, pero muy valioso para darle cuando llegara el tiempo de esta celebración!  Cuán feliz la haría.

Pensaba mucho sobre la señora en la Biblia que le había dado a Jesús ese hermoso perfume. Y conforme meditaba al respecto, oraba y le decía al Señor, cuánto le gustaría también darle un regalo como ese. Si Él de alguna forma le permitía tener algo especial y costoso como ese perfume, gustosamente se lo daría...

Y así esperaba por la respuesta a su oración, mientras las semanas pasaban y otra celebración de Navidad se aproximaba...

¡Finalmente llegó Navidad! “Qué tiempo tan hermoso, es este”, pensaba Shala, “cuando podemos celebrar que el Señor Jesús vino al mundo para poder ser nuestro Jesús y salvarnos de nuestros pecados...”

Una vez más las niñas del orfelinato fueron a la iglesia en su villa, reuniéndose con otros cristianos que vivían en las cercanías.

Era un tiempo de verdadero gozo y especialmente, porque esas personas no hacía mucho tiempo sólo habían conocido y adorado a dioses falsos... ídolos que provocaban temor en sus corazones, nunca gozo, porque estos dioses no otorgaban ni perdón de pecados ni vida eterna.

¡Pero ahora ellos conocían a Jesús!, el Dios real, ¡el Único que había muerto por sus pecados y resucitado! Ningún dios falso había muerto jamás para pagar por los pecados o había resucitado de entre los muertos...

La pequeña iglesia de la villa estaba una vez más colmada de personas que venían a celebrar el nacimiento del Salvador. Y una vez más era un tiempo de dar  regalos de amor... obsequios que significaran un verdadero sacrificio de parte de ellos para Él.

Nuevamente todos los reunidos fueron acercándose adelante uno por uno, para depositar esos regalos al frente del salón de reunión... era en realidad como si los estuvieran colocando a los pies de Jesús.  Una vez más, cada regalo sería entregado después a alguien en gran necesidad, junto con un mensaje del Evangelio; o se vendería y el dinero se usaría para comprar Biblias y dárselas a esos que nunca antes habían leído la Palabra de Dios.

Había personas que se abstenían de comidas o de otras necesidades, para, a cambio, poder darle las monedas a Jesús. Esos que no tenían dinero para donar, llevaban bolsas con verduras y granos.

Un niñito llevó dos canarios en una jaula de madera. Eran sus animalitos preferidos, pero deseaba que el Señor Jesús los tuviera. Y mientras las personas entonaban cánticos de Navidad, los pajaritos unieron sus trinos con ellos y todos sonrieron.

Shala había orado mucho sobre lo que podría darle a Jesús en esta Navidad. Le había dicho una y otra vez que le daría algo precioso como el perfume costoso que le había dado la dama en la Biblia. Pero Dios, en respuesta a su oración, comenzó a decirle acerca de algo incluso mejor, que podía darle.

Y fue así como en la celebración de Navidad de este año, conforme las personas una por una, le daban sus regalos de amor al Salvador, Shala una vez más llegó caminando desde el fondo de la iglesia guiada por Perla Preciosa, tal como había hecho el año anterior. Pero este año no tenía una muñeca para dársela a Jesús. De hecho, no tenía nada en sus manos para traerle.

En esta ocasión, cuando llegó su turno y se acercó al frente de la pequeña iglesia, se dio la vuelta para estar de frente a las personas y dijo suavemente: “Le he preguntado a Jesús qué podía traerle como regalo de amor este año, y Él me dijo en mi corazón lo que podía traer”.

“No tengo dinero para darle, ni tesoros , tampoco un perfume hermoso como el que tenía la señora en la Biblia.  En realidad no tengo nada para darle sino a mí misma. De tal manera, que este es mi regalo para Él. Estoy entregándole mi vida y deseo ser como un perfume para Él, mientras viva sólo para Él”.

Y habiendo dicho eso, Shala y Perla Preciosa caminaron de regreso a sus asientos.

Ningún otro regalo dado a Jesús ese día tocó tanto los corazones como lo hizo el presente de esa niña ciega que no tenía nada más que dar, sino a sí misma.

Y, realmente, ¿acaso entregarnos nosotros mismos no es el mejor regalo que cualquier creyente puede darle al Salvador que se dio a sí mismo por nosotros?

La Biblia dice: “... El Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20).

La vida de Shala desde entonces fue como una suave fragancia para el Señor Jesús, ¿acaso no era así cómo ella deseaba ser? Ciertamente, así fue.

Shala continuó amando al Salvador profundamente y le sirvió fielmente.  Fue una maestra de la Biblia en su tierra natal, India, trabajando con muchas mujeres y niñas, compartiendo con ellas a su precioso Señor Jesús, ¡quien cambió la vida de una niña que nadie quería, convirtiéndola en hija del Rey Celestial!

volver arriba