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Capítulo I 

¿Qué señal habrá de tu venida?

Faltando ya muy poco para que el Señor cumpliera su misión de llevar nuestros pecados en el Calvario, una triple pregunta de sus discípulos motivó esta solemne respuesta del Salvador.

El diálogo es breve, pero muy significativo: “Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada. Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán (Mat. 24:1-5).

No me cabe la menor duda de que en estas pocas palabras, “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida; y del fin del siglo?” (Mat. 24: 3b), tenemos un bosquejo completo de los principales acontecimientos proféticos en un correcto orden cronológico. Después de que les mostró la singular construcción del templo y demás edificios en sus proximidades, Jesús les dijo que vendría el día cuando el templo sería destruido hasta no quedar de él piedra sobre piedra. El Señor no les dijo cuándo sucedería esto, pero hoy sabemos que ocurrió en el año 70 de nuestra era, cuando los ejércitos del general romano Tito, quien en el año 79 se convirtiera en emperador de Roma, sitiaron la ciudad y la tomaron. Hay descripciones escalofriantes de lo que ocurrió entonces. Flavio Josefo, el historiador judío, ofrece muchos detalles sobre el sitio de la ciudad y cómo cayó finalmente en manos de los romanos. Algunos historiadores dicen que cerca de un millón trescientos mil judíos murieron en manos de los romanos.

Ese mismo día, momentos antes, Jesús, previendo todo cuanto les esperaba, les dijo: “¡Jerusalén, ¡Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que a ti son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Mat. 23:37.39).

Esta declaración de Jesús se cumplió con exactitud. No solamente Jerusalén y el templo judío fueron destruidos, sino que a diferencia de las otras diásporas, cuando los judíos fueron dispersados, expulsados de su territorio, esta vez tuvieron que huir por todo el mundo.

En relación a esto mismo, Jesús también les dijo: “Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes; y los que en medio de ella; váyanse; y los que estén en los campos, no entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. Mas ¡ay de las que estén encinta, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra; e ira sobre este pueblo. Y caerán afilo de espada; y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”

Es admirable la exactitud con que se cumplieron estas palabras, pues todo cuanto Jesús dijo aquí ya es historia. Jerusalén fue rodeada por los ejércitos extranjeros - los romanos. Israel fue dispersado por todo el mundo y los judíos vivieron sin patria, sin nación propia, hasta hace menos de medio siglo, pues recién en el año 1948 se restablecieron en la tierra de sus antepasados. Sin embargo, les tomó algún tiempo para recuperar toda la ciudad de Jerusalén, la cual cayó bajo su dominio en la guerra de los seis días, en junio de 1967. Pero... ¿Podemos asegurar que Jerusalén ya no está más “hollada por los gentiles”?

Muchas cosas más sucederán en esa diminuta nación, pero lo que ahora nos interesa es lo que Jesús le dijo a sus discípulos a modo de respuesta a su triple pregunta. Ellos querían saber cuándo serían destruidos Jerusalén y su templo y cuándo serían dispersados los judíos por todo el mundo. El Señor, sin embargo, no les dio fecha exacta.

Hoy, mirando retrospectivamente, notamos que cuando Jesús estuvo ante Pilato, y cuando éste le presentó al pueblo, manifestando que era inocente, esa multitud sin saberlo, “profetizó en coro” diciendo: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”(Mat. 27:25).

Efectivamente, sin que se percataran de esta trágica profecía colectiva, unos 37 años después, cuando muchos de ellos todavía vivían y sus pequeñuelos de brazos estaban en sus 37 a 40 años de edad, llegó el derramamiento de la sangre de ellos y de sus hijos.

Pero lo que más nos llama la atención es la segunda parte de la triple pregunta de los discípulos: “¿Y qué señal habrá de tu venida?”. Esta “venida” abarca el rapto de la Iglesia, lo mismo que su venida con la Iglesia para establecer el Reino Milenial. Ambos eventos están incluidos aquí, ya que en la parte final de la pregunta ellos le interrogan sobre “el fin del siglo”, que corresponde el juicio de los impíos ante el trono blanco. Nuestro análisis se concentra ahora en la respuesta de Jesús a la “Señal” (singular) que ellos le plantean. Es como si lo discípulos no quisieran saber de las “señales”, sino de una señal específica.

En el mismo capítulo Jesús menciona otras “señales” que anunciarían la proximidad de su venida, como por ejemplo, “guerras y rumores de guerra... se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mat. 24:6,7). Sin embargo, Jesús primero les dio “la señal”, para que ellos, que en ese momento representaban a los cristianos, a la iglesia, pudieran reconocer fácilmente cuándo estaría ante las puertas el día de su regreso, que comenzaría con el rapto. Ésta es la solemne advertencia del Señor: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre; diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán”.

Jesús les hizo ver que la característica principal de que el tiempo de su gracia estaba llegando a su fin, sería la invasión de falsos predicadores, falsos maestros de la Biblia, falsas iglesias, falsos mesías y falsos cristianos. También Jesús destacó que muchos serían desviados y seguirían a estos falsos “cristos”. Aunque la cuestión hambre, guerras, terremotos y pestes, todo es horrible, estas experiencias, sin embargo por lo general purifican la iglesia. Cuando hay serios aprietos, ya sean sociales, políticos, económicos, problemas de salud física, enfermedades y todo cuanto nos conduce a un callejón incierto, lo que ocurre con los cristianos es que en tales circunstancias se acercan más al Señor. Pero cuando hay salud, cuando disfrutamos de paz en el país, cuando la economía sigue creciendo, cuando nuestro trabajo no está en peligro, por lo general se debilita la vida espiritual. Pero cuando nos vemos rodeados de inseguridad, amenaza de guerra, alguna enfermedad incurable o la muerte inesperada de algún ser querido, entonces sí, buscamos refugio en Dios.

Los discípulos querían que el Señor les diera una sola señal, porque seguramente esperaban simplificar el trabajo al reconocer el verdadero peligro, justo antes del regreso del Salvador. Jesús les dijo que tuvieran cuidado con las falsas doctrinas, falsos predicadores, falsos teólogos, falsos maestros, falsos evangelistas y falsas iglesias.

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